jueves, 28 de febrero de 2013

Memorias

Hasta hace unos días tenía en la cabeza una frase: "Quiero un cerebro que olvide y un corazón de piedra".

La tristeza y la rabia no son las mejores consejeras, ya que te hacen desear cosas que a la larga no te traen ningún beneficio...ni a ti, ni a quienes te rodean.

¿De qué me iba a servir un cerebro que olvidara? No quiero ser un cincuentón con Alzheimer por haber pedido un deseo en un momento de amargura. Si tuviera un cerebro que olvidara, me perdería de la alegría de recordar los mejores momentos de mi vida. Las únicas cosas que nos llevamos al final del camino son nuestros recuerdos, y los sentimientos y sensaciones que estos nos generan.

Y, ¿de qué me serviría un corazón de piedra? Un corazón incapaz de sentir amor, cariño, alegría, nostalgia, tristeza, rabia. Un corazón de piedra solo me convertiría en alguien inhumano, incapaz de manifestar emociones ante ninguna situación.

No quiero un cerebro que olvide, y tampoco quiero un corazón de piedra. Quiero un cerebro que, como hasta ahora, me permita tener siempre presentes a las personas y hechos más significativos de mi tránsito por este mundo. Quiero un corazón que se acelere cuando vea a quien me quite el aliento, cuando reciba buenas noticias, cuando me asuste. Quiero saber que estoy vivo, y solo si esos dos funcionan bien, aún cuando todo lo demás estuviera comprometido, sabré que estoy consciente, que estoy completo, y que puedo ser.

Esas son las dos piezas que hacen que mis memorias permanezcan. Recordar es vivir, porque es gracias al pasado que tengo el presente que requiero para forjar el futuro que deseo.

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