Todos, en algún momento de nuestra vida, tenemos a una Roxy. O a un Roxy...ustedes dirán...pero en un momento dado todos tenemos al lado a una persona que se convierte en lo mejor del mundo para nosotros:
Roxy es mi gran amiga. La conocí meses antes de tomar el vuelo que me llevaría lejos de casa. Rápidamente nos convertimos en confidentes, en compañeros de juegos, en amigos de la vida. Aprendimos a conocernos, respetarnos y valorarnos por lo que éramos, por lo que aspirábamos y por lo que nos esforzábamos. Supimos decirnos en todo momento cuando uno de los dos estaba cometiendo una equivocación. Al poco tiempo de irme, el 20 de junio de 2010, decidimos que queríamos tener una relación que fuera de más que amigos. Y la verdad, si algo puedo agradecer a la vida, es que me haya dado esa valiosa oportunidad. Estando en el exilio, ella era la persona que me mantenía los ánimos en alto.
Roxy para mí fue, durante un año y tres meses, mi roca sólida. Era la persona con la que me podía apoyar de forma incondicional. Era mi compañera de aventuras, mi dosis de cordura en medio de mis múltiples arranques de locura. Era mi guía, y por sobre todo, era mi gran amiga.
Como nada en esta vida es eterno, nuestra relación como pareja se terminó...y pasamos tiempos difíciles, cada uno a su manera. Sin embargo, a pesar de todo, los buenos amigos perduran en el tiempo, y los buenos recuerdos, aunque a veces duelen, nos llevan a momentos que nos llenan de paz, de alegría y de energía.
Roxy, creo que nunca te daré las gracias de forma suficiente por todo el cariño y dedicación que entregaste, y que de cierta forma, aún sigues entregando cuando sabes que hace falta. Gracias por todo.
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